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Todo es posible Hace unos años atrás, decidí estudiar una maestría. Al igual que muchas madres de hoy, tenía la duda si debía hacerlo. ¿Por qué la duda? Porque implicaba, entre otras cosas, sacrificar el escaso tiempo que le dedicaba a mi familia, pero a su vez sabía que este sacrificio pasajero tendría sus frutos más adelante. Conversé con mi esposo y mis dos hijas, una adolescente de 13 años y una pequeña de 4, en aquel entonces. Hablamos sobre las ventajas y desventajas que esta decisión traía. Los 3 me apoyaron, incluso en la inocencia de una niña de 4 años, que quizá no entendía bien de lo que hablaba, me dijo que ella quería que mami estudie en su “colegio grande y que saque buenas notas”. No contábamos con que al poco tiempo de iniciada la maestría, a mi esposo lo transfirieran por un año a otro país para un proyecto, pero ni modo, a seguir adelante. Tuvimos que “estirar” el tiempo y aprovecharlo al máximo; las amanecidas se convirtieron en mis amigas y las vitaminas en mis aliadas. Seguí con el reto; aunque debo admitir que en varias ocasiones estuve a punto de tirar la toalla. Y esta sensación de rendición fue más intensa cuando mi familia y yo nos enteramos que mi padre tenía cáncer. Fueron momentos sumamente difíciles para mí. Administrar la casa; revisar tareas del colegio; estudiar; trabajar; apoyar a mi familia con las visitas y turnos en la clínica; era agotador. Pero en logros muy sencillos veía una luz que me daba fuerzas: mis hijas empezaban a ayudar más en tareas de casa y ser responsables; mi familia se unió aún más en momentos tan terribles; las quimioterapias surtían efecto; mis notas en la maestría eran buenas; mi esposo era reconocido en el extranjero por su excelente trabajo. En el fondo, sabía que la única persona que podía ayudarme a salir adelante pese a las adversidades era sólo una, yo misma. Sentía una fuerza interior muy intensa que me levantaba cuando caía, que me decía que con lágrimas no solucionaría nada, que la acción y el optimismo por la vida eran importantes. Lo que más recuerdo fue cuando mi hija mayor, que ahora ya es universitaria, me contó que en su colegio había hecho una presentación “in English” y ella eligió exponer sobre su mamá. Cuando le pregunté qué había dicho sobre su madre me dijo que ella les contó a sus compañeras que su mami trabajaba en una empresa grande, que se sacaba buenas notas en la maestría y que veía cómo se esforzaba en todo lo que hacía y terminó diciendo: “I´m very proud of you mommy”. Fue ese instante que me hizo sentir que todo es posible en la vida y que todo esfuerzo tiene sus recompensas, recompensas tan grandes como sentirse valorada por tus propios seres queridos. Tuve mucha suerte y apoyo incondicional de mi familia y en especial de mi esposo. Mis hijas terminaron el colegio con excelencia; me gradué con honores de la maestría; y mi padre sigue vivito y coleando hasta el día de hoy. Las mujeres por naturaleza tenemos esa fuerza interior que nos hace ser como somos: seres especiales, seres admirables que tenemos muy claro que cuando nos proponemos hacer algo lo logramos, porque sabemos que, si lo hacemos con amor, todo es posible. |
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